LA TRAGEDIA QUE LOS GOBERNANTES DEL LÍBANO SE NEGARON A IMPEDIR

Por; Olga Gayón

Hay catástrofes naturales inevitables. Hay accidentes con terribles consecuencias que se deben al azar. Y hay gobernantes a los que sus subalternos les han prevenido sobre un desastre mientras ellos ignoran las numerosas alertas; la crisis humanitaria, cuando se sucede la tragedia anunciada, como es el caso del puerto de Beirut, ha de entenderse como negligencia gubernamental que tiene responsables directos; nada se debe a la implacable naturaleza ni nada al azar.

El puerto de Beirtut era una bomba de tiempo. Así, literalmente. Desde 2014 guardaba en sus depósitos 2.750 toneladas de nitrato de amonio abandonadas en un buque de Moldavia cuyos dueños se esfumaron cuando el aparato se averió y se concluyó que el arreglo de la nave costaba mucho más que toda la mercancía allí transportada más la compra de un barco nuevo.

Las autoridades aeroportuarias descargaron el químico y lo depositaron en una nave. Y desde entonces hasta que explosionó, quedó olvidado para los sucesivos gobiernos del Líbano. El director de Aduanas y el responsable del puerto lanzaron varias alertas para que se retiraran los químicos de allí. Pero nadie asumió la responsabilidad de trasladar esa peligrosa mercancía abandonada hacia un lugar en el que no corriera peligro ni el puerto ni la ciudad ni sus habitantes.

Más de 150 muertos, más de 100 desaparecidos, más de 6.000 heridos y unas 300.000 personas sin hogar,entre las que se cuentan unos 90.000 niños. Esto llega en el momento más delicado de la pandemia que azota al mundo y que en este país tiene los hospitales con sobrecupo y una tasa de desempleo imposible de asumir para un país empobrecido debido a una corrupción e impunidad rampantes.

Con esta tragedia anunciada el Líbano afronta su peor crisis tras quince años de guerra civil (1975-1990). Antes de la explosión, un tercio de su población de 7.400.000 habitantes, ya vivía bajo los umbrales de la pobreza. Como consecuencia de esa crítica situación, se temía que pronto se declarara el estado de crisis alimentaria. Ahora, con unos daños calculados entre 10.000 y 13.000 millones de euros, más el desamparo de las personas que quedaron sin hogar, la aniquilación del puerto y la pérdida de miles de toneladas de alimentos que se almacenaban en el puerto, el Líbano entra a padecer una durísima crisis de largo alcance.

Se teme además que el coronavirus se propague sin freno como consecuencia de que las personas que tendrán que ser realojadas se verán obligadas a compartir espacios estrechos. La crisis hospitalaria, según los analistas, llegará a ser una de las peores que jamás hayan enfrentado, porque la sanidad pública allí se encuentra en franco deterioro, y el coronavirus y los heridos de la deflagración han colapsado todos los hospitales y centros sanitarios.

El Líbano en un país más, entre los cientos, que en el mundo se encuentran empobrecidos gracias al latrocinio perpetrado por una elite política atroz e insensible. Un país expoliado por ese club de aves de rapiña que cuanto más padece su población más se enriquecen y cuya alma ya está protegida contra cualquier mínimo asomo de sensibilidad social. La clase política libanesa ha llevado a que el Líbano se encuentre en un destacado lugar de la lista de los países más corruptos del mundo.

La tragedia sucedida esta semana en el puerto de Beirut es responsabilidad directa de esta elite que está educada para enriquecerse por sobre todas las necesidades de su pueblo y para darle la espalda en los momentos acuciantes de dolor.

Vamos, como la mayoría de elites políticas de los países pobres con democracias de papel.

 En la fotografía el actor Adel Karam, muy popular en el país, posa de espaldas mientras se toma un café en su piso destruido por la deflagración. fotografia obtenid a través de el escritor y periodista Javier Valenzuela

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Hoy, pese a la pandemia y a la crisis humanitaria tras la explosión del puerto, se teme que los libaneses se tomen las calles para enfrentar a quienes los tienen sumidos en el más cruel de los desamparos, y que como respuesta a sus reclamos, los gobernantes repriman un alzamiento social a sangre y fuego. Nada nos lleva a presagiar que soplen buenos vientos para el país que otrora fuese considerado como la París de Oriente Próximo.

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