A Guillen lo entuteló el matarife

 

Por DANIEL MENDOZA LEAL
@elquelosdelata

Lo hizo porque sus trinos, además de matarife, no lo bajaban de paramilitar, mafioso, asesino y genocida. Algunos dicen que se le fue la mano y otros que se quedó mocho. Lo cierto es que lo que opine la gente poco importa frente al derecho.

Cómo va a importar cuando la sociedad moderna esta fraccionada entre gustos, ideologías y creencias tan disimiles. Salgan y miren, asomen la cabeza por la ventana, ¿Humanos? ¿Quiénes en realidad somos entre tanta opción?, marianos, cristianos, budistas, ateos, fachos de derecha y socialistas de izquierda, y de centro que aquí en Colombia para muchos es otro extremo.

No es posible darle gusto a una gran mayoría, porque ni siquiera existe y no existe porque somos cada vez más disimiles. La razón de fondo de esta disimilitud intrínseca en el ser humano radica en que existe un concepto que ya no permea a la comunidad de forma uniforme: La moral. Pretender lo contrario es volver al oscurantismo y al rigor inquisitivo propio del medioevo. Una sociedad diversa y libre solo se gesta a partir de la diversificación del concepto de moralidad.

Las leyes en una democracia están hechas para quitarle al juez la capacidad de ponderar las situaciones de acuerdo a su moral. Si la calculadora está afinada con el criterio de valoración normativa que precisa una democracia constitucional: Frente a los mismos hechos, un juez libertino debería fallar exactamente igual a un místico y reprimido fanático religioso. Por eso es que poco importa cuestionarse respecto de si estuvo bien o mal que Gonzalo Guillen hubiera tratado así al señor expresidente Álvaro Uribe Vélez. La pregunta sería ¿Tenía derecho de hacerlo? ¿Podía haber tratado de paraco, de mafioso, de genocida y de matarife a “Varito”, como le decía Fabio Ochoa desde chiquito cuando apenas era un mozalbete que le chalaneaba los caballos a varios de los traquetos del pavoroso cartel de Medellín? 

El buen nombre es un bien costoso pero de fácil depreciación. La dignidad es un pasajero bien acomodado en ese bus. Cada ser humano trata su patrimonio como a bien tenga. Al que le interese cuidarlo lo cuida y a quien no, lo destruye. Cuando se es una figura pública a estos activos del patrimonio humano, les cuelgan un blanco y frente a ellos hay millones de personas en el polígono preparadas para disparar.

Una figura pública es un objeto de consumo. Tratándose de un político este concepto se maximiza. En el buen sentido de la palabra todos los políticos se venden. Buscan que los electores los compren en esa subasta electoral que son las elecciones y que gana el que más votos tenga. Hay algunos electores a los que les gusta lo que le representa un político, a otros puede no gustarles y no lo compran. Ese es el juego ideológico de la contienda electoral en toda democracia.

Ahora, eso no significa que, por el hecho de ser político, una persona tenga que aguantarse los tomatazos verbales de otra. Lo que si debe afrontar es que su historia de vida se vea expuesta frente a la gran masa que tiene derecho a valorarla y como ella no juzga en un estrado, con todo el derecho, utiliza como mecanismo estimativo la moral. La moral viene siendo la normativa interna, la constitución personal de cada quien, su propio código de comportamiento a través del cual no solo dirige su vida, sino que condena o absuelve las conductas ajenas a través de la opinión.

Todos somos moralistas, inclusos los orgiásticos y libertinos, lo que pasa es que el concepto de moral esta edificado de forma diferente en cada persona. La moral es un prisma con el que se observan los hechos. Si no se está impartiendo justicia, cualquiera tiene derecho a valorar la historia de vida de un personaje público de acuerdo a su criterio moral, precisamente porque al no ser un juez, está atado únicamente a ese preciso concepto de “historia de vida”. En pocas palabras: Si los hechos que narra la historia de vida de alguien dan para pensar algo de esa persona, se debería poder opinar en ese sentido.

¿Y qué son los hechos? Los hechos son trenes balas que pasan tan rápido que nadie los ve, a menos que les tomen fotos y logren paralizarlos en el tiempo. Esas fotos vienen siendo los recuentos documentales y fílmicos que narran los investigadores y testigos, que en el caso que nos ocupa, el del matarife, son muchos y de variada naturaleza. 

A Uribe, el sobrino querido de los Ochoa, el apreciado director de la Aerocivil que tanto quería el cartel Medellín, el de los helicópteros de Pablo Escobar y Tranquilandia, el gestor de las Convivir, a Uribe el sindicado de ser el determinador de cruentas masacres, genocidios y ejecuciones sistemáticas alrededor del país, el mismo al que centenares de testigos lo relacionan con la conformación de varios grupos paramilitares, de asesinatos, torturas y desapariciones, ese, el que tiene casi 300 procesos abiertos pegados al lomo a los que les chorrean las pruebas y que pretende acabar con todo el sistema judicial para quitarse esas garrapatas infladas; a ese señor pueden amarlo muchos, adorarlo y venerarlo como si fuera un santo, pero dado lo que dice la fotografía de los hechos que componen su historia de vida, es incuestionable que cualquier persona racional que estudie por encima algunos de los
videos de los testigos que están colgados en You Tube, que haya leído los miles de artículos y las centenas de libros publicados que lo tildan de criminal, habría de referirse a él como lo hizo Guillen. Los adjetivos que utilizó están basados en información más refrita que un chorizo de estadio, pero además al ser tan precisa y abundante, el raciocinio de Gonzalo no fue el de un genio, ni las conclusiones son producto de complejas y profundas ecuaciones mentales. No. Se limitó a decir lo
que piensa y piensa lo que cualquiera hubiera pensado si se sienta durante días a leerle los pecados al expresidente.

Para hablar con la verdad, esa que nadie dice por miedo: Colombia entera y el mordisco de mundo que lo conoce, piensan que Álvaro Uribe Vélez fue un mafioso, un paramilitar y un asesino. Quienes continúan votando por él, son los que más están conscientes de eso.

Entonces es cuando interviene la moral. Cada quien tiene su prisma: A Uribe lo quieren muchos por ser todo eso que Gonzalo resalta en su Twitter. Lo adoran porque piensan que fue un matarife, que viene a ser un término benévolo si la memoria colectiva escarbara las tumbas. Sin embargo existe otro pedazo de país que se siente indignado y agredido. Uribe hizo su apuesta: Le dio a la Colombia caníbal y despiadada la sangre que necesitaba y así se hizo elegir, precisamente mostrándose
como el más brutal de los matarifes frente a un inmenso grupo social que lo apoyó porque admiraba sus acciones y resultados. Su historia de vida no solo lo edifica como persona, sino que es a partir de ella que el expresidente construye los intereses que lo representan y que encarnan la postura ideológica que lo caracteriza; y es precisamente por eso que no puede pretender que la otra Colombia no le escupa su opinión en la cara.

Él no puede esperar que lo quieran muchos por lo que hizo pero
que quienes no están de acuerdo con sus actuaciones se queden callados.
Y para eso, para que esa gran masa que no lo acompaña exprese su opinión, no hay que esperar a que un juez en un proceso que puede durar décadas, decida si es o no culpable, porque ellos no están atados a las normas de procedimiento ni a los términos a los que sí están atados los magistrados. Gonzalo Guillen en una sociedad regida por los principios propios del constitucionalismo moderno tiene todo el derecho a valorar con la lupa de su moral, la historia de vida del personaje y a opinar sobre los hechos visibles en ella. Partiendo de ahí se expresa de acuerdo a su estilo. La forma no lo regula. El periodista no está en un despacho judicial, ni tampoco el senador, ni el twittero. Nadie más que el juez debe seguir el protocolo formalista de las leyes.

Entonces, ¿cómo debía llamar Gonzalo al ex director de la Aeronáutica Civil, ex gobernador de Antioquia y ex Presidente? ¿Cómo debía llamarlo sino mafioso y narcotraficante, si su historia de vida lo relaciona desde antes de nacer con el clan de los Ochoa del cual era familiar por muchas puntas, si fue el socio de Pablo Escobar que le dio las licencias a las pistas y a las aeronaves del Cartel de Medellín, si asistía a reuniones con los narcotraficantes más poderosos del país, si a varios amigos y
familiares cercanos los han condenado por delitos conexos al lavado de activos y al enriquecimiento ilícito, y si las relaciones comerciales de Uribe con muchos personajes de la mafia a los cuales les ha venido sirviendo a lo largo de su vida, están reseñadas en miles de documentos de diferente naturaleza? También le dijo paraco. Suena bien feo, es cierto. Pero ¿Cómo más se le puede decir a quien, de acuerdo a cientos de testigos y documentos, conformó y financió grupos paramilitares? ¿Y qué hacían esos paramilitares? ¿No asesinaban? ¿Y no está él mismo sindicado de haber ordenado varias masacres cuando fue gobernador?
Entonces ¿Cómo se le dice al que asesina? ¿Ah?

Por otra parte las coincidencias no favorecen al expresidente. Le matan a todos los testigos que abren la boca en su contra, despellejan a plomo a los líderes sociales y existe un sentimiento arraigado en el pueblo de que es el tipo más peligroso desde la punta de la Guajira hasta el fondo del Amazonas. A mí en redes no me bajan de héroe y me piden a gritos que me cuide porque va y se me pega ese virus que le ha dado a tantos de los que han hablado contra Uribe, frente al cual lo mejor es abrigarse con un chaleco antibalas.

Es por eso que las nuevas generaciones no lo quieren, porque a los jóvenes de hoy en día, nacidos en una sociedad fluida que vuela rápido subida en el jet de la tecnología y las telecomunicaciones, no les gusta sentir miedo. La sociedad busca libertad y el miedo es la cadena que más amarra este sentimiento. Uribe no puede echarle la culpa a los periodistas de que no lo quieran los jóvenes. La razón es otra: Su historia de vida es la que no les gusta, además detestan su discurso extremista
con tintes de papá emputado con la correa en la mano, y si no les gusta… pues no se lo compran. Y con todo el derecho, con mucho cuidado de no ensuciarse, con los guantes puestos y tapándose la nariz, toman su historia de vida y le dicen lo que le dicen basados en ella.  

¿Qué puede hacer Uribe frente a esta picada que le están pegando en redes? El combo es grande. Son tantos los que ya se le pararon en la raya y que le dicen aquello que es tan evidente. El movimiento es incontenible. Colapsaría la justicia si Uribe se dedicara a entutelar a todos los que diaria y disciplinadamente, se dedican a transmitirle su cariño con los mismos términos que usó Gonzalo en su cuenta de
twitter.

Uribe puede apagarse poco a poco. Es lo que yo haría de ser él. Me iría a descansar entre las riendas de esos caballos que tanto le gustan. Renunciaría al Senado. Le entregaría las redes sociales al partido para no perder los seguidores. Buscaría un acuerdo con la sociedad. Se lo merece más que nadie si lo busca. Si se somete a la JEP, y si le habla a esos jóvenes con la verdad se la perdonan. Salvaría su imagen para cuando todos los que me leen sean polvo de estrellas y a él solo se le vea
pegado en las cartillas de historia. Si a los jóvenes les trasmite sus razones, que para él pueden ser válidas, si se sienta en una rueda de prensa y les dice, vean, había un conflicto y yo tomé partido e hice cosas que en su momento tuve que hacer, y soy ya un viejo, un abuelo que quiere descansar… perdónenme si para ustedes la cagué. Y habrá que perdonarlo para poder seguir adelante. Tendríamos que perdonarlo todos, así como se perdonó a Timochenco y al resto de guerrilleros que también son responsables de muchas muertes.

Eso es lo mejor que le podría pasar a su partido porque se quitarían el Inri que tienen frente al país sus representantes, quienes para la opinión pública no son más que lacayos al servicio del temido monarca. Todos allá (y he hablado con varios), saben que Uribe ganó con Duque no porque los votantes lo quisieran, sino por el miedo a Petro que lograron meterle a mucho viejo y señorón. Ganaron porque a Petro le pusieron una cola y unos cachos que no eran de él.

Uribe sabe que si Fajardo y Robledo se hubieran parado en la tarima cogidos de la mano con Petro, y que si hubieran tenido un mes más para convocar a través del acuerdo que formalizaron los verdes, los resultados serían diferentes. Vienen cuatro años de redes con la pancarta al aire de matarife, cuatro años de artículos como este, cuatro años de periodistas que están dispuestos a dar la pelea, de Guillen, de
Coronell, de Claudia López, cuatro años de políticos guerreros, de Petro, Bolivar y Cepeda, todos con la mira puesta en la historia de vida de Álvaro Uribe Vélez. Eso no lo va aguantar ni el Presidente Duque que tiene que andar dedicado a limpiarle tanta cochinada, ni su partido el Centro Democrático, que para las próximas elecciones va parecer el pañuelo en el que nuestro venerado tiranillo tropical se sonó la gripa de la noche anterior. La vida es un mico borracho que no sabe para donde
va. Ahora la única forma en que ese partido, que se lo debe todo, tenga juego en la próxima contienda electoral, es soltarle la mano y dejar que se lo lleve el río.

…pero Uribe, no es quien escribe. Va seguir apareciendo cada noche y
probablemente continuará perdiendo tutelas como la que le ganamos mi socio Juan Trujillo Cabrera y yo, en calidad de abogados de Gonzalo Guillen ese periodista mítico que no ha dejado de darle patadas.

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Epicuro de Samos
Acerca de Epicuro de Samos
Miembro de Movimiento Naranja. Un joven del común, preocupado por la situación económica, política y social de nuestro país. Activista político en redes, por el despertar de la conciencia colectiva de la sociedad colombiana. “Que nadie, mientras sea joven, se muestre remiso en filosofar, ni, al llegar a viejo, de filosofar se canse. Porque, para alcanzar la salud del alma, nunca se es demasiado viejo ni demasiado joven.” –Epicuro