Matarife, tercer capítulo: El Nogal

Desde los suntuosos salones de El Nogal salían todo tipo de pactos que las mafias de la cocaína, de la corrupción política, del empresariado y del paramilitarismo, sellaban junto a otros ilustres miembros del crimen organizado adscritos a ese club. La mafia narco-paramilitar y de la corrupción tenía una sede cinco estrellas en plena carrera séptima de la capital.  Aquel era el símbolo de su legitimación y connivencia con la alta sociedad colombiana.  Ejemplos de esa descarada y peligrosa amalgama de poderes los hay por donde se mire.  Los “dueños” del país, la autodenominada “gente bien”, lo pondera en el exterior como la democracia más antigua de América Latina; entre tanto, al interior del mismo, ese eslogan no pasa de ser un bello e ilusorio letrero dorado, y a quien brega para que los derechos impresos en su carta magna sean realidades tangibles y no anhelos vedados o privilegios para unos cuantos potentados, acaba siendo blanco de la balas para-estatales “por ser un terrorista, guerrillero, o comunista que quería todo regalado”. Y, por el contrario, los autores intelectuales de las más grandes ignominias cernidas sobre las inmensas masas poblacionales, pasean tomados de la mano junto al monstruo colosal de su impunidad, y brindan con fino whisky en los clubes mientras cierran nuevos negociados para provecho exclusivo de su reducida cofradía. Los narco-paramilitares, arquetipos por excelencia de esas nuevas élites forjadas al fragor de los disparos, de los motores de las avionetas con cocaína y de las esnifadas de los adictos, ni por su membresía Nogaleña, ni por ataviarse con Gucci y perfumarse con Versace, podían aplacar el fétido vaho de su naturaleza gansteril, pues siendo ya parte de la “higt light” criolla, seguían narcotraficando y matando sin agüero para franquearle el paso a sus ambiciones, y enriqueciéndose a costa de la pobreza pública, ordenando y reordenando el destino de millones según los lineamientos que les dictaba su insaciable ambición: Como diría la gran Aída Avella refiriéndose a esa élites corruptas y a los hijos del Matarife:: “Son dueños de los mares, de los páramos, de los ríos, de los centros comerciales, de las zonas y no les basta.  Son dueños de las mejores tierras que arrebataron a millones de campesinos, son dueños de los canales de televisión y no les basta.  Ahora quieren también las basuras”.  Ese discurso lo elevó de forma sublime desde el palacio de Liévano, el día de la destitución del entonces alcalde Gustavo Petro por el procurador Ordoñez en asocio con los empresarios oscuros de la recolección basuras. Pero ese discurso no se suspende exclusivamente sobre ese día y ese hecho, se extrapola a todos los actos de corrupción que día a día acaecen en esta esquina suramericana, la más rica y desigual a la vez del continente, una de las más violentas y atrasadas del mundo, todo gracias a ese grupo minúsculo pero extremadamente poderoso que se hospedaba en esa sede hermosa en sus instalaciones, pero podrida en las fibras de la mayoría de sus socios y fundadores: El Nogal.

De extrema importancia el pedazo de memoria histórica que hoy nos recordó Matarife, porque la historia no se puede repetir.

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