DOS AÑOS DE INCERTIDUMBRE.

Por: Mauro Saúl Sánchez

El 7 de agosto de 2018 tomó posesión en un acto sobrio sin mucha bulla el recién elegido, -en medio de muchas sombras y dudas- el presidente de Colombia Iván Duque Márquez. Elección que marcaba el regreso del Uribismo radical a la dignidad política más alta de la Nación. 

Dos años han pasado desde aquel día y a pesar de todo esfuerzo por encontrar una línea política fuerte al beneficio y servicio del pueblo de a pie, por el contrario nos sorprendemos al encontrar esa voluntad ejercida desde el gobierno nacional favoreciendo los intereses del gran empresariado colombiano, la élite de la sociedad, un minúsculo porcentaje de grandes empresas que dominan la gran torta del mercado colombiano, y que apoyan decididamente el ejercicio de la política mediante la fuerza exagerada, la misma que causa desplazamiento, guerra, hambre y miseria.

Tras dos años del gobierno de Duque presenciamos incrementos de las masacres, asesinatos selectivos de líderes sociales, desplazamientos en zonas estratégicas donde el narcotráfico es determinante, y la vuelta de la guerra en zonas donde el sonido de las balas y las bombas habían empezado a quedar en el olvido. El empoderamiento de las bandas criminales y las mafias mexicanas que ocuparon el lugar de las desaparecidas Farc en las regiones más abandonas por el Estado, constituyen hoy una amenaza latente para nuestra sociedad. Nos estamos acercando a toda marcha a un desequilibrio estructural que en Colombia se traduce en una estadística aterradora: muertes por doquier.

Por lo tanto, queda claro que a Colombia le quedan dos años de profunda incertidumbre. Además, hay que sumar a todo lo anterior, la crisis por el covid-19 que está destruyendo a toda prisa, el lento crecimiento de la clase media nacional, hoy en día más golpeada por medidas como el incremento acelerado de la tributación vía impuestos de renta, el IVA a la canasta familiar, mientras que aún queda muy claro que no hay voluntad para impulsar el impuesto a los grandes capitales acumulados en el territorio nacional, pero que hoy se pasean tranquilamente por Panamá, Suiza, Bahamas y los paraísos fiscales tan apetecidos por los contados millonarios colombianos.

pese a la situación actual tras dos años de desgobierno, no existe iniciativa, ni voluntad aparente de soluciones frente a la crisis que afecta a la mayoría de los colombianos.

No hay interés alguno por impulsar el programa de renta básica, promovida por lo sectores alternativos, que garantiza a los pobres de Colombia poder cumplir una cuarentena estricta que posibilite salvar sus vidas y evitar el contagio masivo entendiendo que no hay capacidad hospitalaria para atender un número elevado de enfermos en las UCI. No hay voluntad de liderar proyectos de ley que condenen la corrupción promovida por una clase política corrupta impune en Colombia. No se nota las ganas de apostar por la investigación, ciencia y desarrollo que produce la academia con una reforma estructural a la ley 30 de educación superior. Y lo peor, a pesar del fracaso rotundo de la intermediación en la Salud vía EPS con la ley 100 no se avizora una solución efectiva que permita construir un modelo de salud dónde el goce del derecho sea real.

En resumen, aún le queda al pueblo colombiano dos años de profunda incertidumbre política y hacer de tripas corazón para tener la esperanza de un mejor mañana donde podamos soñar con un país grande al alcance de todos. Ojalá valga encomendarse a la virgen de Chiquinquirá, la de Nataga o al señor de los milagros. Al que sea con tal de encontrar una luz al final del túnel donde por fin los gobernantes entiendan que la política es para el pueblo, no para los ricos que financian sus campañas y así dejemos de ser el país del Sagrado Corazón.

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