Influencer: de la opinión al activismo social.

Por Jonathan Camargo

Antes hablar de ellos, debemos aclarar ¿Qué es un “influencer”? y ¿Por qué del crecimiento de este fenómeno? El auge de plataformas de redes sociales y su posicionamiento como herramienta para marketing de productos trajo consigo una nueva generación de usuarios.

El capitalismo, también en su afán de dinamizar el flujo de las mercancías, impulsa con éxito, una nueva forma de difusión y venta. Haciendo que sean los mismos usuarios, a través de las redes, quienes se encarguen de sostener una parte importante de publicidad; recomendando o pautando los productos, marcas y servicios a través de sus cuentas personales o de emprendimiento.

Alejados estos usuarios de la pasividad; son capaces de interactuar con la marca, recomendarla y posiblemente llevar a otros usuarios a conocer y consumir. A estos individuos en el argot del marketing se les llama prosumer; prosumer es un consumidor, que produce contenido sobre un producto y ayuda a dinamizar por ende su difusión y consumo.

Influencer: trabajador explotado

El influencer, se convierte así en un trabajador explotado. Pone recursos para acceder a la técnica o la tecnología – celular, cámara, luces, micrófonos, registro en una o más aplicaciones, entre ellas redes sociales y editores de imagen/vídeo-; para posteriormente utilizar su tiempo en preparación, grabación, edición y difusión de los contenidos. Todas estas tareas implican una amplia disposición de tiempo, en muchos casos, más allá de 8 horas diarias; sin contar los procesos de capacitación autónoma que debe asumir. En el ámbito del entrenamiento, las dietas o lo deportivo, el influencer además deberá adquirir máquinas, realizar el esfuerzo físico y  poner su creatividad para la generación de los contenidos.

Si pasamos de la difusión de mercancías, marcas y productos, a la difusión de opinión política, los aspectos técnicos y logísticos no dejan de ser muy diferentes, pero, a diferencia del primer escenario, aquí no estamos hablando ya de algo tan banal como un maquillaje, zapatos o tecnología.  Hablan de ideas, de lecturas frente a la realidad y opiniones sobre la sociedad actual y su devenir. También de decisiones y proyectos políticos, que se relacionan de múltiples formas con sujetos y comunidades; ya no virtuales, sino muy reales, muy de carne y hueso.

La política y los influencers

Podríamos decir que el influencer político es un referente de opinión, un distribuidor masivo de contenidos con carga política, ideológica y cultural, y hay para quienes, incluso, se convierte en una autoridad en análisis sociales o información de actualidad.

De hecho, en la medida que ganan capacidad de difusión o niveles de audiencia, disputan el terreno de los medios de comunicación, logrando que las personas abandonen la visualización de noticias, para acompañarlos con su nuevo vídeo de análisis político. Esto, gracias al contraste de medios corporativos versus la legitimidad relativa del influencer, el “gusto” de cada consumidor, o como resultado de las movidas del algoritmo en cada red.

El influencer como sujeto de opinión está en auge, armado con su juego de cámaras, luces, micrófono o celular dispara críticas sociales y análisis políticos. Cada vez más personas abren sus canales de YouTube, podcast o IgTV para difundir ideas y pensamientos políticos.

¿Influencer y democratización de la sociedad?

La incursión de los influencer en la política, la distribución de pensamientos, supondrían un avance hacia la democratización de la sociedad. Sin embargo, debido al sensacionalismo y afán por opinión fresca sobre temas actuales, convierten a sus opiniones en un asunto banal.

La velocidad con la que se exponen los problemas del país; escándalos, corrupción, la dinámica electoral o legislativa, configura temas momentáneos en el desarrollo de la agenda del influencer. Temas que un día están en boca de todos y al otro, de nadie; como una noticia que pasa, no se termina de asimilar, y otra que llega, así a cada instante.

Los protagonistas se convierten en dummies, figuras que se llenan de etiquetas con cada una de sus intervenciones, “escándalos” – que en muchos casos son investigaciones por graves crímenes-. Ellos terminan siendo personajes de una novela de miseria que se repite cotidianamente y de la cual el influencer, es cronista, narrador, comentarista. Esta dinámica, entre otras, quita importancia al contenido y le va dando relevancia el emisor, quien dice u opina, el personaje, el narrador o presentador del hecho, lo que a su vez genera la individualización y virtualización de las luchas.

¿Líder social o líder de opinión?

Desde los medios y la sociedad, al influencer se le nombra como referente de oposición, sin serlo en la realidad, en muchos casos, hasta el título de “líder social” es acuñado a quien en realidad, por si acaso, será líder de opinión.

Esto, aumenta la invisibilización de los verdaderos liderazgos sociales que se encuentran en los territorios bajo amenazas y el fuego de los actores estatales y paraestatales. Líderes que nadie mira o conoce, mientras alguien que habla desde cualquier red social (con el mérito que le merece) acapara miles, y en casos, millones de vistas, seguidores y reacciones desde la comodidad de una silla en su casa.

Sin embargo, también sería un error pensar que la tarea del influencer o el opinador es hacer trabajo social en terreno, eso sería tan erróneo. Es como creer que en las redes sociales están los cambios necesarios hacia la nueva sociedad, es decir, al influencer no se le puede exigir que desde comodidad y expiación moral individual impulse las transformaciones estructurales para acabar con la injusticia, la miseria y la violencia, no es su tarea, no está dentro de sus alcances, es imposible que desde allí pase eso.

Lo que no quiere decir que el influencer no tenga una gran responsabilidad, derivada de su nivel de difusión y alcance; su deber es informar con veracidad, opinar con rigurosidad y proponer con certeza. En las redes sociales no están los cambios, pero a través de ellas se pueden difundir problemáticas, posicionar debates y establecer redes de solidaridad y comunicación que sean efectivas en las calles, que logren poner al régimen de dominación contra las cuerdas y que permitan sobre todo el empoderamiento popular, la unidad comunitaria y la lucha social activa.

A través de las redes como medio, es posible llegar a miles de jóvenes, a hombres y mujeres, impulsar llamados a la acción, a la desobediencia y al empoderamiento, conducir de manera articulada la indignación, romper con el cerco de las redes como marketing en donde la estupidez se convierte en fama, y convertir la opinión política en activismo social.

Es un gran reto, que desde los medios que promueven la pasividad frente a una pantalla, se puedan promover el activismo fuera de ellas, que desde las redes que alimentan el egocentrismo individualista se impulse la unidad colectiva, y que desde los negocios del gran capital se construyan formas de articulación anti sistémicas, pero ese es el proyecto que debemos fortalecer y los espacios que se deben disputar, para mantener vigente la conciencia en el sentido histórico, en la necesidad de cambiarlo todo.

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