La gente de bien

Porque uno no trae al mundo un hijo para que lo mate el Estado

Por: Andrés A. Reinosa González.

Ya es habitual en nuestro entorno escuchar esa expresión “Somos gente de bien” que parece para muchos y en muchos escenarios, provocar una sentencia de muerte; esa gente de bien que con alevosía se ufana de defender “los valores”, esos mismos que a punta de cuchillo bajan la bandera de movimientos sociales, esos que en las marchas gritan “bala es lo que hay, bala es lo que viene, aquí no hay negoceo”, que satanizan la protesta, pero que desconoce cuánto le beneficia.

Esos mismos que avalan la masacre, aseverando con pálidos argumentos como “nadie lo manda a estar a esa hora en la calle”, “el que corre es porque algo debe”, esos mismos que dicen que solo hay revoltosos, cuando los campesinos, los estudiantes, los profesores, los camioneros paran, parece que no les interesa saber él porque del paro y tan solo se nutren de señalamientos de bandidos políticos como el que da la orden.

Pero vivir todo desde la comodidad de casa, ha nublado la empatía, porque quienes crecimos en entornos considerados violentos por muchos y por ellos declarados como objetivo, sabemos que son las noches de agonía, sabemos que es una temporada de limpieza social, sabemos que el rumor en estos barrios, encierra verdad, que cuando decía, “que esta noche no salgan que hay limpieza y el que cayó, cayó”, omiten que un territorio olvidado debe asistirse por sí solo, por ello surgen sus propias reglas, y esa mi querida gente de bien es la ausencia del Estado, que no solo abandona los departamentos de la periferia, también abandona barrios y comunas al interior del país, en ciudades que se consideran por sus conservadores y ostentosos habitantes, ciudades de élite.

Muchas veces debimos dormir con el sin sabor de pensar en la muerte, madrugar al colegio y encontrar un cuerpo en una acera, un proceso de levantamiento, una imagen con la que un niño o un joven tendría lidiar por días, porque por el contrario de lo que muchos piensan, creo que tenemos una resistencia a la muerte y por más que quieran normalizarla, a algunos se nos hace casi imposible.

No mi querida gente de bien, lo que usted tuvo son privilegios, lo que usted desconoce y señala es la realidad de más del 50% del país, mi querida gente de bien, hoy no lloramos vándalos, hoy lloramos jóvenes y si digo lloramos es porque la noche del 3 de mayo fue larga y al ver las atrocidades y el descaro con que miembros de la fuerza pública abren fuego contra la multitud, toca las fibras más sensibles, si en verdad se siente eso que llamamos humanidad.

Jóvenes que yacen en el suelo, con sus prendas rojas por la sangre que han derramado, sin signos vitales, con amigos que lloran, madres que gritan inconsolables, porque uno no trae al mundo un hijo para que lo mate el Estado. Y antes que empiecen a tratar de rebatir lo que hoy digo, les propongo revisar los libros de historia, la prensa independiente, los perfiles de redes sociales que se han dedicado a denunciar con material audiovisual todo lo que está pasando, porque al parecer los medios de comunicación oficiales les preocupa más el trancón, el taponamiento, el retardo en las vías que la vida.

No mi querida gente de bien, esto no se trata del juicio o el prejuicio que usted defiende para lavarle la cara a la fuerza pública, porque creo que este es uno de esos casos donde no se puede defender lo indefendible y si usted insiste, no es un defensor, tan solo es un cómplice del derramamiento de sangre, donde aplaude el actuar desmedido, pero luego pública imágenes ofreciéndole el país a dios o una de tantas vírgenes que existen en el mundo católico. Mi querida gente de bien, ya es tiempo de dejar esas prácticas coloniales en las que existe un mundo absoluto que descarta, elimina o se impone sobre el otro, por esto, para finalizar, les recomiendo empaparse más de país, untarse de pueblo para entender lo que en verdad pasa.

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