Pueblo Misak tumba estatua de un esclavista.

Augusto Monterroso escribe en 1969 el libro La oveja negra y demás fábulas, en este, el escritor hace una crítica con tintes políticos y desde la intersubjetividad de la realidad que alguna vez experimentamos, estamos experimentando y seguramente vamos a experimentar. Entre estas fábulas hay una que particularmente llama nuestra atención, la que tituló La oveja negra y que textualmente dice lo siguiente:

“En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.

Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.”

En el cuento se entiende que un grupo condena a la oveja negra, ¿el por qué?, si hacemos una analogía, la oveja negra viene siendo una minoría (Líderes sociales) y el resto del rebaño es un pueblo ignorante que tiempo después arrepentido levanta una estatua en su honor.

Ciertamente es hipócrita ver como en la ciudad de La Paz, Bolivia, se levantó una estatua ecuestre del Che Guevara, quien, para sorpresa de algunos, fue asesinado en dicho país.

También podríamos tomar como ejemplo las estatuas de Jesús levantadas por los pueblos cristianos y católicos, que aún más hipócritas se arrepienten de sus pecados para luego seguir caminos pecaminosos.

Ahora bien, haciendo un paralelo con la reciente noticia sobre como indígenas de la etnia Misak echan abajo la estatua de Sebastián de Belalcázar (Colonizador y esclavista español), se viene a la mente una historia completamente diferente, donde a una oveja blanca (Gente de bien, de la élite) levanta una estatua ecuestre en nombre de su verdugo, tiempo después es tumbada como acto simbólico en memoria de sus ancestros asesinados, ultrajados y esclavizados por estas élites.

A diferencia de la fábula “La Oveja Negra”, el acto simbólico ejecutado en Popayán es de aplaudir, pues no existe un ápice de esa hipocresía que comúnmente llena de ignominia al pueblo colombiano. Este pueblo está despertando y quiere una verdadera independencia, no una auspiciada por un dictador de la masonería, ¡no!, esta vez vamos por una libertad en donde el territorio sea reconocido como una extensión de tierra, donde se comparten procesos históricos, sociales y económicos y así mismo, declara la diversidad cultural presente.


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