¿Quién mató a los 5 y a los 8?

Quién torturó y masacró a los niños y jóvenes en Cali, y quién asesinó a los jóvenes en Samaniego, es el sentir que debería conjugar la mirada de los medios y de la sociedad civil, hacia un fenómeno que podría repetirse en cualquier territorio. Estas masacres no deben ser una noticia más sin trascendencia, ni deberían pasar desapercibidas por la retina impasible de una sociedad que ha naturalizado el delito.

¡Nos acostumbramos tanto a la barbarie y contar muertos, hasta volvernos asintomáticos! Masacres de esta naturaleza, en un país no violento, tardaría años de consternación; en el nuestro, con suerte, es cuestión de días. Algunas veces se reemplaza con un nuevo crimen, y otras, la sociedad no se interesa.

Es tan exponencial la desnaturalización de la empatía en Colombia, que estas masacres no estimularán una caravana ni un cacerolazo. Aquí lo que vende es la controversia y la defensa de intereses. Debería retumbar en cada rincón del país, la arenga de suplicio, que entre lágrimas y angustia nos dicta reflexionar el padre desconsolado de uno de los niños asesinados en Cali: “…así como hoy me tocó a mí, mañana le puede pasar a ustedes”, como parafraseando el poema de Beltor Brecht. Sólo así, tal vez, no seríamos tan indolentes.

¿Desde cuándo dejó de afectarnos el dolor del otro?, ¿en qué momento acorazamos la clemencia?, ¿por qué sólo hay una respuesta categórica de la sociedad cuando el crimen tiene un patrón ideológico al que encarar o amparar?  Es tal la polarización y los niveles desesperanzadores de indolencia, que hay quienes se aventuran a sugerir que no hay muertos buenos e idean causas que excusan cada crimen. Ese arraigo mental y cultural, es el mismo que intenta persuadirnos que una mujer coqueta es culpable de su violación.

Así es como han reducido en el debate, la envergadura que, para otros países, implica la mortandad de líderes sociales en Colombia. Asimismo, han pretendido simplificar la relevancia de la tortura y masacre de los niños en Cali.

Los muertos no sólo deben “dolernos” cuando libramos una lucha ideológica. Se colegiría que no hay dolor, sino provecho del dolor, con el propósito de gestar algún capital de cualquier índole. Reafirmaría el ideario, que a este país sólo lo convulsiona el fervor político y el futbol.

Crecen las denuncias de bandas delincuenciales e insurgencia en diferentes territorios del país, que fungen de autoridad y fomentan toques de queda y limpieza social; se recrudece el conflicto en los territorios; las bandas de microtráfico inoculan los entornos sociales, y en especial, la niñez; se fortalece la presencia de carteles mexicanos con sus prácticas sanguinarias. ¡La situación es insostenible!

Los medios subyacen en silencio en esta metástasis social, bien por temor, por su decadencia investigativa o porque simplemente, al no ser la agenda que exacerba a la sociedad, no es rentable para el rating. La responsabilidad social de los grandes medios frente a la construcción de una conciencia colectiva, afectiva y solidaria, está ausente en el debate nacional.

Una sociedad que verdaderamente sufriera la barbarie, sin distingo conceptual o ideológico, hoy estaría fundida, en una sola voz, en caravanas o en cacerolazos, preguntando: ¿Quién mató a los 5 y a los 8?

Twitter: @soyjuanctorres

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Juan Carlos Torres
Acerca de Juan Carlos Torres
Consultor en planeación estratégica, marketing y gobierno. Activista y columnista.