TRIUNFÓ LA DIGNIDAD EN LA USCO

Por: Mauro Saúl Sánchez

Nos han dicho de todas las maneras posibles que cambiar la realidad es cosa de locos. Que no jodamos. Que jamás podremos vivir en una Colombia diferente. Que si queremos un mundo mejor que nos marchemos a explorar caminos desconocidos donde el amarillo, azul y rojo no sean la tendencia los 20 de julio ni los 7 de agosto. Nos han metido en cada noticiero de las 6 a.m, de las 12:30 o a las 7 p.m, que la violencia es el común denominador que carcome cada rincón de nuestra patria. Nos lo dijeron tantas veces que hay personas que ya tiraron la toalla y se resignaron a decir: aceptemos la realidad, ya no hay nada por hacer.

Allí, en ese momento, es cuando los espíritus rebeldes se hacen inmortales. En las circunstancias cuando todos abandonan, en las que solo quedan rostros conocidos caminando juntos, es cuando se construye un nuevo mañana, cuando se escribe la historia.

Estas líneas no quieren dejar pasar por alto la lucha que enfrentaron Cinco jóvenes en compañía de un puñado de soñadores por construir un sueño llamado libertad: libertad alcanzada a través de la educación. Cinco valientes que se aventuraron a exponer su salud, su cuerpo y su vida, por el bienestar de alrededor 13.000 estudiantes que hoy agradecen su valentía al poder garantizar la matrícula cero en la Universidad Surcolombiana en el Huila. Empezaron con la convicción de conquistar dos semestres, hoy en día su lucha da paso para iniciar el Fondo para la gratuidad en la USCO lo que supone el comienzo de una reivindicación histórica del movimiento estudiantil colombiano: la construcción de una universidad pública, gratuita, universal y de calidad, al servicio de los intereses de la región.

La gratuidad en la educación no es un capricho ni mucho menos una obstinación vacía. La base fundamental para la exigencia de construir un sistema educativo con gratuidad es el entendimiento de la sociedad que recibimos colmada de profundos problemas estructurales: vivimos en uno de los países mas desiguales de la tierra. Para algunos estudiar en una universidad es un simple trámite para tranquilidad familiar; para algunos es la oportunidad de sacar adelante a sus familias. En Colombia, el acceso a la educación superior de calidad es sumamente restringido para las personas de condición económica compleja. En el Huila, por ejemplo, llegamos hoy a tasas de desempleo que superan el 40% de la población económicamente activa. Lo preocupante del tema resulta ser que la única alternativa para el grueso de la población termina siendo la educación privada mayoritariamente financiada por el penoso endeudamiento privado o público (como Icetex) al que se someten millones de familias por el sueño de un mejor futuro. Bajo las lógicas del mercado financiero, que es como se maneja  el sistema de educación superior, incentivando la demanda más no financiando la oferta producto de la obsoleta ley 30, las universidades públicas llevan a costas un altísimo déficit operacional que dificulta muchas veces solventar los gastos de funcionamiento; a diferencia de las universidades privadas que presentan en sus balances gruesos números en excedentes operacionales profundizando mucho más la brecha en la calidad a la hora de evaluar los rendimientos en ambos segmentos de la balanza.

Sin embargo el mensaje que nos dejan Juan Diego Areiza, Katherin Daniela Diaz, Juan Diego Castro, Luis Humberto Perdomo y Napoleón Gómez, es que el poder de las convicciones y la lucha son mas fuertes que los tropiezos que se presenten en el camino. Nos dejaron claro que le falta a Colombia una reestructuración moral donde la dignidad sea la constante, en la que el objetivo trazado en la lucha sea superior a los personalismos. Nos enseñaron que la única manera de ver un país transformado es si nos organizamos y luchamos juntos para escribir una nueva historia. En síntesis, nos enseñaron que aún hay esperanza por ver una Colombia diferente.

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